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Oporto, dorados reflejos del Duero
Dicen las malas lenguas que entre Gaia y Oporto hay una rivalidad secular que nadie ha logrado superar. Dicen que entre la orilla sur y norte del viejo río Duero a su paso por Oporto -dos municipios, dos estilos de vida, dos enfrentados intereses- hay mucha más distancia que los escasos doscientos metros que las separan. Algunos, incluso, cuentan que las bodegas de Gaia (Vila Nova de Gaia, en realidad), con más de 50 compañías, no deberían utilizar la denominación Porto para sus vinos, pese a que la llevan usando desde hace más de 250 años y que es uno de los nombres que ha situado a la ciudad y a todo el país en el mundo. Oporto, con sus casas superpuestas, es el punto de partida ideal para descubrir el norte de Portugal.
Situada junto al río, la Ribeira era en el siglo XV un puerto muy animado, en el que atracaban centenares de naves y carabelas que llevaban a Francia, Inglaterra y Flandes los productos de la tierra, entre ellos los vinos del Alto Duero. Hoy conserva un aire melancólico con multitud de restaurantes y terrazas frecuentadas por los no muy numerosos turistas que visitan la segunda ciudad más importante de Portugal -y la que le dio nombre: Porto Cale o Portus Calle como la llamaron los romanos- y que antes de venir aquí se sienten atraídos por la siempre poética Lisboa, la elegancia de Estoril, las soleadas playas del sur en el Algarve, o la piadosa visita a Fátima.

Mientras los dorados tonos de las casas, que dieron nombre al Douro, se reflejan en sus aguas, en el cielo se destacan las pesadas torres de la catedral fortaleza, símbolo del poder de los obispos al que se oponían los portuenses. De la silueta de la ciudad sobresale la alta Torre de los Clérigos, de atrevida belleza y de un barroco muy singular. En esta ciudad en la que conviven en rara armonía el románico, el gótico, el barroco, el neoclásico, la llamada arquitectura del hierro, y el atrevido cariz contemporáneo de la Escuela de Arquitectura de Oporto, presidido por Alvaro Siza, no es fácil encontrar elementos suntuosos, palacios o grandes residencias. La propia ciudad mantuvo a distancia a la nobleza, ya desde la Edad Media, que tenía prohibido vivir allí.

Aunque cueste trabajo alejarse de este placentero enclave, otros lugares de Oporto reclaman atención, como la famosa iglesia de San Francisco, cuyo interior destaca por el impresionante revestimiento de oro en sus tallas barrocas. Una exhibición de riqueza que produjo la indignación de los propios franciscanos, que incluso prohibieron el culto por incumplir el voto de pobreza que pregona esta hermandad. Otro de los lugares más visitados está en la misma plaza: es un enorme edificio conocido como Palacio de la Bolsa, construido en 1834, viejo recuerdo de la vocación mercantil que desde siempre ha tenido la ciudad, y sede de la Asociación Comercial de Oporto y que se puede acceder como si fuera un museo. En su interior destaca su pintoresco Salón Árabe, una amplia sala inspirada en nuestra Alhambra de Granada y que sirve para recepciones de grandes mandatarios.

Por el centro, hay otras visitas inevitables, como la famosísima Torre de los Clérigos, que se dice que es el campanario más alto de Portugal, con 76 metros de altura. Diseñada en el siglo XVIII propone una penitencia adelantada si se quiere disfrutar de la mejor vista de la ciudad: 225 peldaños que trepar. En la misma plaza hay un rincón con personalidad: la librería Lello&Irmao, abierta desde 1906. En su interior destaca su exuberante decoración en madera y vistosas escaleras de caracol. Para los portugueses es la librería más bella del mundo. No muy lejos está otro establecimiento con encanto, el viejo café Majestic, con un estilo de Belle Epoque y que transmite ese aire elegante de época dorada, un toque romántico que recuerda aquellos lugares de tertulia de artistas e intelectuales.

Cerca del café, más comercios sacados de otros tiempos, como la tienda de ultramarinos, conocida como la Peroa do Bolhao, con una fachada modernista de 1917, que expone en sus vidrieras los productos más típicos de Portugal, y, más adelante el mercado del Bolhao, una vuelta al pasado donde vendedoras del campo ofrecen productos fresquísimos que despiertan los sentidos; pescados, frutas, vinos, carnes, pan artesano, bacalao...

Pero los habitantes de Oporto se muestran especialmente orgullosos de su modernidad y de las obras maestras de arquitectura contemporánea que surgen aquí y allá en la ciudad. La Capitalidad Europea de la Cultura que la ciudad ostentó en 2001 permitió revitalizar su arquitectura, aunque algunas de sus obras más emblemáticas, como la Casa da Música, del holandés Kem Colas, no se inauguraran hasta dos años después. En cualquier caso, en la ciudad se encuentran algunas de las obras más representativas de su principal arquitecto vivo, Álvaro Siza, como la Casa Manuel Magalhaes, en la Avenida dos Combatentes, y la Facultad de Arquitectura, un armonioso conjunto de muros opacos y vanos por los que se filtra la luz, que son exponentes supremos del arte del arquitecto. Otros quince edificios en Oporto llevan la firma de Álvaro Siza, como algunas tiendas que salpican las grandes avenidas de la ciudad o la Fundación Serralves, cuyas líneas arquitectónicas dan todavía más esplendor a las bellas pinturas que cobijan sus muros. Todas las construcciones de Siza se caracterizan por el minimalismo constructivo, siempre acompañadas por la luz, que tiene que ser capaz de iluminar los espacios más pequeños que se puedan imaginar.

Oporto es también el punto de partida para descubrir el norte de Portugal, una región cargada de historia, monumentos, paisajes y culturas que dieron origen al país. Zona de montañas y declives acentuados, cubierta de frondosa vegetación, ríos y parques naturales. Con el granito de sus montañas se erigirían los muchos monumentos, de fe y de historia de la región. De fe, en las sobrias ermitas románicas y templos barrocos; de historia, en los castillos o en los incontables pazos y casas blasonadas, donde se recibe al visitante en la más aristocrática hospitalidad.
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