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Atenas, calor y color humanos
Atenas viene, como destino turístico, casi encadenada a la Acrópolis desde tiempos inmemoriales. Y ciertamente, la imagen de la antigua Grecia tiene tal pero específico que ejerce un enorme poder de atracción. Pero Atenas es mucho más.
Visitar Atenas sin ver la Acrópolis es como veranear en Benidorm sin bajar a la playa. Dicho esto hemos cumplido con la primera recomendación. La segunda es que no olvide la cámara digital y comparta sus fotos, y la tercera que se deje empapar por la alegría sus habitantes.

Y es que Atenas siempre fue un hervidero de colores y sensaciones, tanto hoy como hace 2500 años. Respecto a esto último: No sorprende que la investigación sobre la policromía antigua haya destapado una verdadera explosión de color que contradice cualquier obsoleta afirmación sobre la supuesta austeridad o ascetismo de la cultura clásica.

Ni que decir tiene que en Atenas encontramos una marcha exuberante y cotidiana. Una reciente encuesta reveló que cada habitante de Atenas pasa (¡de media!) una hora al día en un café o terraza cercano a su puesto de trabajo, trabajando. A tanto ha llegado esta costumbre que recientemente el ayuntamiento amenazó con retirar la licencia a aquellas terrazas que obstruyeran las zonas peatonales y el paso de turistas, forzados al slalom para poder pasar. Esta extroversión y alegría vital de los atenienses es el mayor atractivo, al margen de los monumentos históricos, y conviene sumergirse y dejarse llevar por ella.

El barrio emblemático para los románticos de “lo auténtico” es el de Plaka, en la falda de la colina que baja de la Acrópolis, y a un tiro de piedra de la zona peatonal que la rodea. Sus callejuelas estrechas, muy estrechas, peatonales la mayoría, invitan a detener el tiempo.

Quien percibe este barrio como un ente autóctono o como una isla perdida en el mar de la gran urbe, no anda descaminado. Lo construyeron inmigrantes de las islas, que llegaron a Atenas tras la declaración de independencia en la primera mitad del siglo 19. Los isleños trajeron sus costumbres y arquitectura. Así nació el barrio de Anafiotika, parte del Plaka, el que se construyeron los habitantes de la pequeña isla Anafi, que hace siglo y medio llegaron en tropel para trabajar en la construcción.

Esto es hoy un polo de atracción turística, con sus bares y tabernas, locales de marcha y tiendecitas. Sus callejones desembocan en el barrio de Monastiraki, el paraíso para los que gustan de comprar antigüedades y artesanía. Los domingos hay un monumental rastro en el Monastiraki, cercano a la muralla de Adriano en la calle Pondroussou.

Por cierto, una visita al mercado central puede constituir una demostración práctica de que lo antiguo persiste. En la zona de carnicerías veremos que los soportes triangulares en los que se despiezan animales y carne reproducen exactamente las escenas que quizá hayamos visto en algunos frisos del Museo Arqueológico con escenas de la vida cotidiana de la Atenas clásica. (Sólo recomendable para los menos aprensivos.)

Para quien se quiera desintoxicar de tanta humanidad y busque algo más tranquilo, en la céntrica calle de Panepistimiu encontraremos los edificios neoclásicos más bellos de la ciudad, que son la la Universidad , la Biblioteca Nacional y la Academia de las Artes. Éstas últimas forman un conjunto neoclásico maduro ejecutado por el arquitecto Ernst Ziller siguiendo planos de Christian Hansen. Finalizadas ambas en 1891, se enmarcan dentro de la fiebre constructora que siguió a la creación del primer estado griego, y que atrajo tanto a los inmigrantes del Egeo como a los refugiados griegos provenientes de Turquía. Ziller mismo supervisó la construcción de más de 600 edificios de Atenas, entre ellos las estaciones del Peloponeso y la de Larissa, además de numerosas fincas señoriales que todavía se conservan, como la del descubridor de Troya, Heinrich Schliemann, hoy Museo Numismático, o la casa Stathatos, hoy parte del Museo Goulandris.

Como propuesta final, para disfrutar de la tranquilidad en un pequeño y entrañable museo, indudablemente la primera opción será el Museo Benakis. Fundado en 1931 por Antonios Benakis como homenaje a su padre, contiene una preciosa colección de arte antiguo con piezas europeas y asiáticas, así como bronces y diversos objetos de toda la zona del mediterráneo oriental. Sin duda lo más vistoso es una preciosa colección de trajes típicos del folclore griego. Por cierto, la cafetería del ático del Benakis es un lugar de lo más selecto aunque no es posible entrar sin reserva y la gente suele acudir realmente elegante, puesto que es uno de los lugares más chic de la ciudad.
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